Cómo se vuelve una persona ansiosa

Normalmente después de una situación traumática, por imitación del comportamiento de los padres o a partir de una etapa infantil con miedos frecuentes. Tampoco se puede descartar la predisposición genética a padecerla.

Siempre se ha dicho que la infancia es un período fundamental para la adquisición de la ansiedad (a pesar de que a lo largo de la vida puedan darse otros momentos que la generen), lo que tiene una explicación clara tanto desde la vertiente fisiológica como desde la social. Vayamos por partes.
La infancia (incluso algunas investigaciones recientes se adentran también en la etapa prenatal) es la época del gran desarrollo de la persona en todos sus aspectos. En el plano físico tiene lugar el crecimiento básico de los órganos y el despliegue de sus funciones; dentro de esta dinámica, el cerebro es uno de sus principales núcleos de evolución y control, y de él dependerán los trabajos más importantes del organismo tanto en su vertiente voluntaria como en la involuntaria. El cerebro se desarrolla estructuralmente desde el propio crecimiento, pero también funcionalmente a partir de la información que le llega, y de la influencia que ésta tiene en la creación de conexiones sinápticas.

¿Qué es lo que sucede cuando el niño se encuentra recibiendo ínputs de gran poder emocional, pero de difícil decodificación, como son los de la ansiedad, por parte de su entorno más cercano? Pues simplemente que la propia inmadurez evolutiva de la edad no permite procesar lo que recibe de manera eficaz, por lo que se ve obligado a adaptarse sin la existencia cognitiva de argumentos correctos: eso favorece el principio ansioso del niño. Lo que ve y percibe del exterior lo capta como algo importante, pero también como grave y prolongado, un hecho que le lleva con frecuencia a la indefensión y a la protección máxima: el niño siente pero no entiende, por lo que capta información en el sentido cuantitativo, muy por encima del cualitativo, lo que le obliga a buscar adaptaciones de forma desesperada. No tiene la posibilidad de juzgar la situación ansiosa que ve en casa ni tampoco de escaparse de ella; se encuentra, pues, atrapado. Ésta es la forma inicial y más común de fijación ansiosa.

Desde la vertiente social, hay procesos muy importantes que generan ansiedad en la infancia. Se ha comprobado que los hijos de padres ansiosos tienen una gran probabilidad de crecer con el mismo problema, simplemente por el fenómeno del copiado, también llamado «modeling». Así, si el padre o la madre tienen ansiedad cuando afrontan y tratan de solucionar sus problemas, el hijo estará aprendiendo automáticamente el trastorno y lo podrá manifestar más adelante cuando se encuentre ante sus propias dificultades; en este caso, practicará «ansiedad y solución». El problema también se aprende con la exposición continuada a determinados acontecimientos más o menos traumáticos y prolongados, lo que hace que el período de la infancia se convierta en un auténtico ejercicio de entrenamiento ansioso. Los acontecimientos y las reacciones quedan guardados en la memoria límbica y aquí se encuentran cuando, en la vida adulta, existen situaciones entendidas como análogas.
De hecho, lo que pasa es que en la infancia se adquirió un importante sistema de protección emocional que debería llevar a la persona a la adaptación a situaciones comprometidas, pero en realidad no es así. Lo que sucede es que, ante situaciones intrascendentes, algunos recuerdos emocionales infantiles pueden ser extraídos de una manera reactiva completa.

De todos modos, la ansiedad puede aprenderse en cualquier momento y circunstancia de la vida adolescente o adulta; aquí se podría formular la hipótesis de que puede haber una predisposición genética de base para desarrollarla, pero este hecho aún no está suficientemente demostrado.

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